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La Coctelera

DESDE MI ÁNGULO

Pretendo dar una visión diaria de la realidad tal y como la veo y entiendo. Siempre con honradez,tolerancia y bajo mi objetividad.

12 Mayo 2012

LA IDEA MASÓNICA: UTOPÍA DEL MILENIO

Para todos mis QQ:.HH:. y para todos los hombres de buena voluntad que lo lean con la conciencia y la mente tolerante.

Gracias a todos.

Pedro Negrín

h.:.

La Luz vino al mundo y los hombres han preferido las tinieblas a la luz,

porque sus obras eran malas.

en efecto, el que hace mal detesta la luz y no quiere la luz por miedo a que

se desvelen sus obras”.

(Evangelio según San Juan I 19/20)

-“Cuando recibisteis la Luz, ¿qué apareció ante vuestros ojos?

- Una Biblia, una Escuadra y un Compás.

- ¿Qué se os dijo que significaban?

- Las Tres Grandes Luces de la masonería.

(Ritual Masónico de Iniciación del siglo XV)

Nos preguntamos si las condiciones en que se encuentra hoy la humanidad requieren el nacimiento de una utopía. ¿Es verdad que la decadencia moral, política y social de nuestro tiempo ha llegado a límites intolerables que obligan al hombre a vivir en la angustia y la incertidumbre de su futuro?. ¿Podemos pensar que los males que afligen hoy a la humanidad son igual de graves que los que, en el pasado, favorecieron el nacimiento de las utopías?. Considero al respecto que no deberían quedar dudas. Es más, la situación actual es infinitamente más grave que la que caracterizaba a la sociedad inglesa de Moro y Bacon, al Estado griego de Platón y a la Calabria de Campanella. Mientras los males entonces estaban limitados a ciertas regiones, hoy tienen un alcance global, mundial. Los afligidos y los que corren el riesgo de la destrucción no sólo son grupos de hombres, sino la humanidad entera. Por esta razón, hoy más que ayer, existe la necesidad de concebir utopías, de imaginar mundos posibles en los que el hombre pueda vivir en el bienestar y en la felicidad. Por lo tanto, es tiempo de utopía.

Antes de especificar el significado que atribuyo al término utopía son necesarias algunas reflexiones generales.

A menudo se piensa que el “estado de crisis” de una sociedad es algo excepcional, que se verifica cuando degenera en una condición de equilibrio instaurada entre diferentes componentes sociales. Sin embargo, tras un análisis más de cerca, resulta que la verdad es lo contrario; es decir, que el estado de crisis representa la regla, mientras que la condición de equilibrio es la excepción. Para demostrarlo basta con comparar las representaciones que eminentes personajes dan a su tiempo. Independientemente de las condiciones históricas, geográficas, de raza o religión, hablan de la sociedad a la que pertenecen usando más o menos los mismos conceptos: corrupción, arrogancia del poder, violencia (material y moral), crueldad, coerción, cohechos, prevaricación, explotación de los débiles y demás. Obviamente el lenguaje utilizado refleja las características típicas de aquella sociedad en aquel determinado momento, pero el sentido sustancial es el mismo. Así, desde las sociedades arcaicas y simples a las modernas y complejas, los hombres parecen guiados por el egoísmo y por la voluntad de imponer sus proyectos a los demás. Las críticas que hoy se dirigen a nuestra sociedad vuelven a proponer más o menos las mismas críticas que otros hombres en el pasado dirigieron a su sociedad. Esto hace pensar en la posibilidad de que en el fondo de la conciencia humana existen convicciones comunes a todos los hombres según las cuales, pese a las diferencias subjetivas de todo tipo, actúan por sí mismas una especie de sustrato perenne que se manifiesta de vez en cuando, según las condiciones históricas concretas. Como consecuencia, el tiempo de equilibrio (no crisis) es una excepción que se verifica entre una crisis y otra, en la que los hombres, ejerciendo la sabiduría, crean las condiciones para un vivir feliz. Tal estado de felicidad luego degenera e inicia una nueva crisis que presenta sustancialmente las mismas características que crisis precedentes.

De la descripción del estado de crisis y de la impotencia del hombre para encontrar soluciones para salir de ella nace la utopía. Cuando lo real no encuentra soluciones dentro, se abandona y vuelve hacia el ideal. El imaginario utópico es, por lo tanto, un “deber ser” donde se habla de hombres no como son sino como deberían ser. Este es el significado que adquieren las utopías de Platón, Moro, Bacon y Campanella, en las que se quieren dar al hombre la felicidad; la felicidad que, en realidad, se ha sustituido por la angustia. Pero para poder dar al hombre la felicidad, entendida como causa primera y fin último del pensamiento utópico, es necesario quitar todos los obstáculos que se le presentan. Puesto que vienen de la subjetividad, es necesario eliminarlos y sustituirlos por un fundamento común a todos los hombres. Así, la sociedad de utopía está gobernada por la razón, por la religión natural y por el derecho natural, es decir, por aquello con lo que se identifican todos. Allí no hay lugar para la intuición, para las grandes religiones (monoteístas o no), para el derecho positivo, ya que dividen a los hombres y los clasifican según doctrinas y principios particulares que, según su especificidad, pueden enfrentarles.

De esta manera, no hay lugar ni para la familia ni para la propiedad privada y se da la forma más radical de “comunismo”. Los creadores de estas utopías creen que la única manera posible de dar a los hombres la felicidad es la de hacerles iguales, eliminando las diferencias que ha establecido las civilizaciones milenarias. Si el hombre quiere escapar de la angustia sólo existe esta posibilidad.

Todas las utopías antes examinadas presenta la característica de un deber ser no realizable, lo que significa que representan un ideal que no tendrá realización en ninguna sociedad, pasada, presente y futura. Su utilidad está en el hecho de que, hablando de una sociedad ideal contrapuesta a la real, puede despertar en los intelectuales más iluminados la fuerza para superar el estado de crisis. En cualquier caso representan una línea de pensamiento, la del imaginario social, que tienen una validez intrínseca, pero aparte de estos resultan inadecuados para afrontar la crisis actual de alcance mundial. Así, es necesario, sin renunciar al pensamiento utópico, conferirle un nuevo significado.

Se podría imaginar que el hombre, del que se habla en la utopía, es nuevo, sin raíces, sin tradición. Si queremos un mundo nuevo necesitamos un hombre nuevo. El hombre viejo, que hunde sus propias raíces en las tradiciones milenarias, es un hombre que ha constituido innumerables “modelos” de sí mismo, que casi siempre son estados en conflictos. La defensa de la especificidad del modelo ha sido fuente de sangrientas guerras que han afligido a la humanidad. Es un hombre que, pese a su buena voluntad de respetar al prójimo, es destructor y asesino, arrogante, impositor de su propia fe y de sus creencias. Un hombre constituido así por una cultura milenaria no puede ser el hombre de este Milenio.

Una hipótesis de este tipo, basada en el hombre sin raíces, no lleva a ninguna parte. En primer lugar el hombre nuevo hay que inventarlo. ¿Cómo queremos construirlo?.¿Quién tiene la autoridad para construirlo?. Puesto que no existe una única autoridad mundial (pero en este caso también habría que especificar el tipo de autoridad, si religiosa, laica, etc.) , habría que proponer alternativas. ¿Cuál elegir entre ellas? ¿Quién haría la elección?.

Es evidente que siguiendo este camino tiraríamos por la ventana al hombre viejo con todos sus problemas, a los que se añadirían también los actuales. Por lo tanto la propuesta de construir una utopía en el hombre sin raíces está abocada al fracaso.

Descartada esta hipótesis, podríamos formular otra basada en el pensamiento ateo. Los que apoyan esta hipótesis parten del presupuesto de que las religiones, naturales o de fe, han traído al hombre guerras crueles y devastadoras y representan para los pueblos una especie de opio que obstaculiza la libertad de las conciencias. Por esto, el hombre de ese Milenio podría manifestar sus mejores cualidades rechazando todo tipo de religión. Para apoyar este aserto recurren a la “Fábula de los Tres Impostores”, que es la versión en negativo de la “Fábula de los Tres anillos”. Los tres impostores serían los fundadores de las tres grandes religiones proféticas monoteístas: Moisés, Jesús y Mahoma, las cuales, proponiendo al hombre la Revelación divina y las doctrinas teológicas de las que proceden, le han engañado manteniéndole en un estado de ignorancia. En el plano del pensamiento y de la acción política, la tesis que se desprende de la “Fábula de los Tres Impostores” ha encontrado destacables representantes, entre otros en Marx, Freud y Nietzche.

¿Quién garantiza que, siguiendo el camino del materialismo ateo, el hombre pueda realmente alcanzar la felicidad?. Si nos basamos en algunas de sus realizaciones históricas concretas (como la Revolución rusa), debemos concluir que queda muy lejos de proponerse como concepción alternativa válida a la ofrecida por las religiones. Además no ha sabido evitar guerras (es más, muchas veces las ha buscado) y no ha ofrecido al hombre la posibilidad de disfrutar de una vida mejor. Pero aunque lograra liberar al hombre del opio de la religión, ¿cómo podremos tener certeza de que no seguiría otras drogas como, por ejemplo, el mito de la raza o el hedonismo del consumo?. Por lo tanto también la propuesta de basar la utopía en el pensamiento ateo y materialista está destinada a fracasar.

Las consideraciones sobre los límites y sobre el alcance del pensamiento utópico tal y como se ha desarrollado en el pasado y en el análisis de las dos propuestas anteriores dicen lo que la nueva utopía no debe ser. Una vez delimitado el campo de estudio, veamos las principales características positivas.

El término utopía puede entenderse según dos acepciones: 1) separación de la realidad histórica (camino desde lo real hacia lo ideal); 2) vuelta a la realidad histórica para conferirle nuevos significados (camino desde lo ideal hacia lo real). En el primer caso, utopía significa aspiración hacia un proyecto que no podrá verse realizado, mientras que en el segundo adquiere el significado de fuerza crítica capaz de orientar la renovación de la sociedad en crisis. Generalmente los dos significados se mantienen distinguidos, por lo que utopía se identifica con uno o con otro. Yo, en cambio, estoy convencido de que los dos significados van en conjunto ya que ambos contribuyen a formar el significado de utopía.

Así, por utopía se entiende un deber ser realizable de un ser en crisis. Al contrario que las anteriores formas de utopía, considerada otras fantasías no realizables, la que proponemos es realizable. De esta manera la utopía mantiene los requisitos de la idealidad pero también reúne las condiciones que puede hacerla más realizable. Por lo tanto, es necesario construir un deber ser utópico que satisfaga las dos acepciones de utopía , es decir, la de la separación de la realidad histórica y la de la vuelta a ésta.

Se trata, en primer lugar, de especificar los contenidos de la realidad histórica de la que se aleja para alcanzar el ideal . La descripción del estado de crisis en el mundo en que vivimos (entendido en su totalidad global) constituye un estudio que trasciende el objetivo de este trabajo. Por el momento nos basta con tomar conciencia de este estado de crisis, dejando a otros estudiosos más competentes y expertos la labor de explicitar sus diversas manifestaciones.

En cualquier caso, se trata de una crisis caracterizada por focos de guerra que existen en numerosas regiones de la tierra, por la división entre ricos y marginados que cada vez se agranda más, por la gran burbuja financiera que ha generado la actual crisis económica, por las “limpiezas” étnicas y similares genocidios, por la ausencia de líder carismático, por destacar algunos ejemplos.

Tal separación de las sociedades en la historia debe llevar a un ideal realizable. Para determinar tal ideal son posibles respuestas alternativas, cada una de las cuales tiene su propia validez. La que presentaré revela, por lo tanto, mi personal punto de vista sobre el pensamiento utópico.

En la historia milenaria del hombre ¿existe algún caso que pueda considerarse como contenido del deber ser utópico según las líneas esbozadas?. Pienso que dicho caso existe y está representado por el estado místico. Por lo tanto creo que la utopía de este Milenio tiene que centrarse sobre el misticismo. Al contrario que las utopías anteriores, la que propongo no debilita las religiones reduciéndolas a religiones naturales, sino que las potencia sobre la base del misticismo que estas mismas han producido.

El significado general de misticismo es el de la doctrina filosófica o religiosa que afirma la posibilidad por parte del hombre de alcanzar realmente lo Absoluto, independientemente del procedimiento basado en la razón o en los datos de la experiencia sensible, refiriéndose a capacidades secretas y sobrenaturales de las que el hombre parece misteriosamente.

La orientación mística que caracteriza al mundo helénico encuentra su más completa expresión en Platón. En efecto, según Platón, la liberación de los males del mundo terrenal no es alcanzable mediante ritos o cultos sagrados o prácticas expiativas, sino más bien mediante la contemplación.

El representante más destacado del desarrollo místico de esta filosofía es Plotino, que sostiene que el ansia por lo divino puede satisfacerse participando en su modo de ser y por lo tanto en su beatitud. La única finalidad digna de un hombre es su comunicación con el Uno. El alma del hombre alcanza la más alta perfección cuando se une al Uno y vive en él su vida inmortal. En sus Enneadas, Plotino expone el método de la contemplación, considerado como el único medio para alcanzar el Absoluto e identificarse con él. El hombre debe liberarse de la materia mediante la ascesis y perfeccionar su espíritu con la filosofía como predisposición para la contemplación del Uno. El éxtasis consiste en la experiencia, temporal pero infinitamente llena de gozo, de su adhesión al Absoluto. La inmersión en el Uno vacía el alma de todo vínculo y de todo recuerdo, incluso del recuerdo de sí mismo, para hacer posible una experiencia nueva e inefable que es la experiencia mística. Esta unión del hombre con la divinidad no es un acto de la razón discursiva: el hombre no conoce al Uno pero llega a él con un salto que es un ver sin ver, un entender sin entender, es éxtasis.

El misticismo escapa del ámbito filosófico para penetrar profundamente en las grandes religiones monoteístas y proféticas (hebraísmo, cristianismo e islamismo) donde lo Absoluto se convierte en Dios y la vía mística es la trazada dentro de las religiones.

Dejando de lado las diferencias que subsisten entre las diferentes expresiones del misticismo, éste representa en el monoteísmo judaico-cristiano-islámico algunas características comunes. La primera es la pasividad del hombre respecto a la divinidad y a la particular relación que el hombre mantiene con esta. En efecto, en las tres religiones se dan ejercicios preparatorios para el ascesis que consisten en el silencio, en la oración, en el recogimiento y en la concentración. A tal propedéutica le sigue el itinerario que el hombre debe seguir para alcanzar la plenitud de la unión con la divinidad.

Tal recorrido se describe como purificación, liberación, aniquilamiento, progresiva expoliación y muerte; la relación con la divinidad, expresado en términos de unión, fusión, divinización, y salida de sí mismo que Plotino definía como éxtasis y que representa la separación del alma y la inmersión en la divinidad.

El éxtasis va seguido de la ralentización de la actividad corporal (anestesia, trance) y, a veces, de fenómenos como la levitación, los estigmas y similares.

La experiencia mística es por naturaleza inefable e incomunicable, con lo que nos encontramos con esta paradoja : el misticismo es negación de la historia dentro de la historia misma. Mientras por una parte intenta trascender la historia, por otra la historia saca su lenguaje para definirse incluso respecto a la religión de la que es parte integrante. Por lo tanto, junto a la pretensión de inefabilidad e incomunicabilidad, el místico a menudo elabora y manifiesta complejas interpretaciones de su experiencia, dando vida a la llamada teología mística.

Esta contradicción se vuelve aún más fuerte si examinamos el misticismo dentro de las grandes religiones monoteístas, donde se encuentra un límite difícilmente superable en algunos principios esenciales, como la fe en el único Dios creador, la revelación de las Sagradas Escrituras, la escatología. Esta última precisamente se entiende como perspectiva final de la historia, que manifiesta más que las otras un límite infranqueable: el intento de apartarse de la historia, anticipando sus conclusiones, se considera un acto de presunción ya que sólo a Dios ( y no al misticismo) le pertenece la tarea de poner un término al recorrido histórico de la humanidad. Solo Dios decide cuándo permitir al hombre y volver a unirse a él al final de los tiempos, por lo que el místico, que anticipa la unión con Dios, rompe su voluntad. Aquí vuelve a aparecer la paradoja del misticismo: si pensamos en Pablo, que se ve en la tesitura de si liberarse del cuerpo para estar con Cristo o permanecer en la carne para realizar un servicio apostólico.

La experiencia mística es un fenómeno bastante complejo que en el plano histórico encuentra numerosas y múltiples manifestaciones. No nos incube seguir su desarrollo sino más bien evidenciar sus características comunes en el plano teórico.

La primera concierne la fe como la posibilidad de un camino hacia la divinidad basado en la intuición o en la revelación, en contraposición a los sentidos y a la razón. Esta fe parte de la convicción de que existe una realidad (Dios) que está detrás del mundo de las apariencias que se descubre con un acto intuitivo y no discursivo.

La segunda característica concierne a la creencia en la unidad de todas las cosas. La realidad de Dios, que está detrás del mundo de las apariencias, es única.

La tercera característica es la negación de la realidad del tiempo: la distinción entre pasado y futuro es ilusoria. Es una consecuencia de la característica anterior, según la cual todo es uno y lo uno es inmutable. Si se admitiese la realidad del tiempo, entonces se negarían la unidad y la inmutabilidad de las cosas. Por lo tanto, si el hombre quiere alcanzar a Dios tiene que aprender a salir de la historia.

La cuarta característica concierne la negación de la distinción entre el bien y el mal, lo cual no significa que el mal se convierta en bien sino que el mal no existe, ya que pertenece al mundo de los sentidos, del que debemos liberarle si queremos acceder a Dios.

La quinta característica del misticismo es la inefabilidad y la incomunicabilidad, que es el origen de la paradoja de la que ya hemos hablado.

El misticismo o mística (los dos términos tienen aquí el mismo significado) puede explicarse más si examinamos las condiciones que permiten su nacimiento. A este respecto, estas palabras de Gershom Scholem son hartas ilustrativas: “La mística se manifiesta solo en un determinado momento de la historia religiosa y está en conexión con un estadio muy definitivo de la conciencia religiosa. Esta no es posible en dos periodos .

Primer periodo: hasta que el mundo mismo es divino, poblado de dioses, que se encuentran por todas partes y de las cuales se pueden obtener los favores, el contacto con ellos se realiza sin necesidad del éxtasis… Pero este es el mundo del mito, la juventud de los pueblos. La conciencia inmediata de la conexión de todo, de una conexión que está incluso antes de la separación y que fundamentalmente desconoce la separación, el auténtico cosmos monista, se opone a la mística…

Segundo periodo, que conoce la mística, es la época creativa en la cual germina la religión. El efecto principal de la religión es que arranca al hombre de la etapa del sueño de esa unidad de hombre, mundo y Dios. La religión, en sus formas clásicas, abre violentamente ese absoluto e inmenso abismo en el que Dios - la persona infinita y el ser trascendente -, se contrapone a la criatura finita y a la persona finita. El nacimiento de la religión positiva, la etapa clásica de la historia de la religión, está en cierto modo extremadamente lejos de la posibilidad de existencia de la mística. El hombre se ve arrastrado a la conciencia de la dualidad, a la conciencia de un abismo sobre el cual apremia solo la Voz: la voz de Dios, que da sus órdenes y sus leyes en la revelación y la voz del hombre, en la oración. Las grandes religiones monoteístas viven en la conciencia de esta polaridad y de este abismo insuperable… Solo en este momento, cuando la religión ha recibido en la historia su expresión clásica, en la vida de un determinado credo y de una determinada comunidad, se hace posible la mística…Esta precisamente vislumbra el gran abismo y, siendo plenamente consciente, busca un secreto y una vía que lo supere e intenta restablecer sobre una nueva base la unidad destruida de la religión,

la unidad en la que el mundo del mito y de la revelación se encuentran en el alma humana…

En cierta medida la mística es por tanto una continuación de experiencias místicas, una confirmación a propósito de la cual solo puede ser ignorado el hecho de que existe una gran diferencia entre una unidad que precede a cualquier fractura y una unidad que se reconstruye en un nuevo salto de la conciencia.”

De este fragmento se desprende que el misticismo nace solo en determinadas condiciones históricos-doctrinales (la separación de Dios del hombre) y que esto ocurre siempre dentro de las religiones.

Otro factor que contribuye al nacimiento del misticismo viene de la capacidad creativa de la conciencia religiosa que renueva continuamente los valores religiosos tradicionales. El deseo de vivir nuevas experiencias religiosas dentro de las religiones ya constituidas es la fuente de la que mana el misticismo. El místico no renuncia a los valores religiosos compartidos sino que propone una nueva interpretación de estas. Así, por ejemplo, sigue hablando de creación, revelación y redención pero ya no les confiere el significado originario que se da en las religiones, sino más bien nuevos contenidos que proceden de la visión mística. En particular, la revelación ya no es un hecho histórico, único e irrepetible, sino que se convierte en una verdad religiosa que se repite continuamente. En general, el místico interpreta los acontecimientos históricos que se dan de manera singular en determinadas condiciones de tiempo y de lugar, como procesos eternos que se repiten en la conciencia del hombre. Así, la expulsión de los judíos de España en 1492 no es solo un acontecimiento único e irrepetible que marca un momento clave en la historia del pueblo hebreo, sino que se sigue renovando en la conciencia de los judíos cada vez que sufren una persecución. El acontecimiento histórico, singular y único, el místico lo transforma en universal, fuera del tiempo y del espacio, y enraizado en la conciencia del hombre con el valor de una verdad religiosa. El místico no rechaza la historia sino que la universaliza.

De estas consideraciones se deduce que no existe un misticismo en sí, independiente de las formas de misticismo de la historia. Indudablemente existen aspectos en común entre ellas, pero no es suficiente para constituir el misticismo como tal. Es verdad que no han faltado propuestas para crear un misticismo universal . Sin embargo, a pesar de la fascinación que esa idea ha provocado, nunca ha llegado a la conciencia ni ha orientado la conducta práctica del hombre. Al menos por esta razón , si lo queremos entender correctamente, debemos referir el misticismo a cada una de sus manifestaciones: el misticismo hebreo, el misticismo cristiano, el misticismo islámico, etc…, sólo después de examinar algunos de sus aspectos comunes.

Todas las formas particulares de misticismo son idóneas para representar el deber ser utópico. Una de ellas, sin embargo, por las razones que se explicarán más adelante, se presta mejor a tal fin: se trata del misticismo hebreo denominado “Cábala”, que significa literalmente “tradición”. Aquí aparece una paradoja en el término “misticismo”: mientras, por una parte, designa un camino que va desde lo real hasta lo ideal saliendo de la historia, por otra significa justamente lo contrario, es decir, una tradición enraizada en la historia que hay que transmitir de generación en generación.

El misticismo hebreo, a diferencia del cristianismo e islamismo, ha influenciado profundamente el destino del pueblo hebreo. Esto se debe también al papel bastante limitado desempeñado por la filosofía nacional hebrea. Sobre este argumento destacan especialmente las palabras de Scholem: “El secreto del éxito de la Cábala está en que su relación con la herencia espiritual del hebraísmo rabínico es muy diferente de la filosofía…

En efecto, ambos, cabalistas y filósofos, transforman profundamente el viejo hebraísmo. Quiero decir que tanto unos como otros, en su relación con el hebraísmo, han perdido la ingenuidad: la ingenuidad de los textos clásicos de la literatura rabínica, en los cuales el hebraísmo clásico manifiesta su verdad sin reflexionar en ella. En la Cábala y en la filosofía el hebraísmo ha supuesto un problema: ambas ya no se expresan con inmediatez, sino que se disponen a deducir de algo una ideología que se propone salvar el viejo patrimonio real transfigurándolo con su interpretación. La filosofía y la mística hebraicas no han salido la una después de la otra, y la Cábala no es en absoluto una reacción a una manera creciente de racionalismo iluminista, más bien ambas, por decirlo así, se compenetran y se condicionan recíprocamente… Poco a poco los cabalistas por primera vez han tomado conciencia de un conflicto existente entre una concepción puramente racional del mundo, obra de la razón, y un conocimiento del mundo conquistada –aparte de los medios racionales- siguiendo el camino de la contemplación y de la iluminación.”

La siguiente afirmación es característica del estado de ánimo de muchos místicos hebreos: “Debéis saber que los filósofos que exaltáis acaban justamente allí donde comenzamos nosotros.. Esta proposición tiene un doble significado: por un lado afirma que los cabalistas en su mayor parte indagan en un campo de la realidad religiosa que decididamente queda fuera del interés de los filósofos hebreos; por otro lado afirma que los cabalistas a menudo se apoyan en las espaldas de los filósofos y por lo tanto logran con mayor facilidad ver más lejos que ellos.”

En estas afirmaciones de Scholem encontramos una de las características típicas del misticismo, ya esbozada en la parte general del discurso: la intuición más allá de la razón. De aquí se deriva que el misticismo (basado en la intuición) y la filosofía (basada en la razón) presentan dos interpretaciones diversas de la misma religión hebrea. Por lo tanto, para comprender sus diferencias hay que comparar las interpretaciones.

La interpretación filosófica tiende a desvelar las verdades de la metafísica de Aristóteles, de Al-Farabi o de Avicena contenidas en el Hebraísmo mediante un proceso de generalización en el cual los acontecimientos destacables descritos en la religión adquieren categorías universales.

En cambio, la interpretación mística se centra en la compresión simbólica del hebraísmo. Mediante los símbolos se hace visible algo que está más allá de los significados que adquieren los hechos históricos. El símbolo no comunica ningún significado sino que desvela algo que está más allá de lo que de otra forma quedaría escondido y secreto. El símbolo es el medio para desvelar los misterios de la divinidad. El mundo de la Cábala es un mundo de símbolos.

Las diferencias entre las dos interpretaciones se hacen más explícitas si se llevan al análisis de un caso particular: la Halakah ( la ley), que representa una de las fuerzas más vigorosas de la vida espiritual hebrea.

El filósofo hebreo siempre ha considerado la Halakah como parte esencial del patrimonio religioso del hebraísmo, al que se ha sometido, pero también lo ha considerado ajeno al interés filosófico: la filosofía no tenía nada que decir sobre la Halakah, obstucalizando así la posibilidad de incidir sobre uno de los aspectos más importantes de la vida religiosa hebrea. La postura de los cabalistas es diferente con respecto a la Halakah. No solo se han apropiado de ella lentamente, sino que la han reinterpretado confiriéndole nuevos significados. Por lo tanto, puede incidir profundamente en la conciencia del pueblo hebreo, que ve en la Cábala horizontes más amplios en una perspectiva de misterios y de símbolos. Estos misterios, difícilmente definibles pero dotados de extraordinaria fuerza emotiva socorren y dan fe a los hebreos cuando se les persigue. La filosofía en estos casos ha demostrado su incapacidad aristocrática para influir en los acontecimientos históricos. La Cábala, a diferencia de la filosofía, ha sabido interpretar la angustia de la vida cotidiana, guiando y reforzando la fe popular.

Concluyo estas breves reflexiones sobre el misticismo hebreo citando las siguientes palabras de Scholem:

“Las formas especiales del pensamiento simbólico, en las cuales la Cábala encontró expresión, pueden significar para nosotros poco o nada, aunque todavía hoy a veces no podemos evitar su potente reclamo; pero el intento por descubrir la vida escondida detrás de cada verdad y de hacer evidente el abismo en que se revela la naturaleza simbólica de los seres, este intento para nosotros que vivimos hoy es tan importante como la fe para los antiguos místicos. Porque hasta que se conciban la naturaleza y la humanidad como su creación… La búsqueda de la vida de la trascendencia oculta en esa creación seguirá siendo uno de los problemas más importantes del pensamiento humano”.

Tras haber definido los orígenes y la naturaleza del misticismo, con especial referencia al misticismo hebreo, retomemos el discurso sobre la utopía.

Los que justifica al misticismo hebreo como deber ser utópico actuable es su naturaleza paradójica, que se manifiesta también a propósito del nombre “Cábala”, según el cual está fuera y dentro de la historia. Por una parte, mientras el misticismo intenta trascender la historia, por otra , de la historia extrae su lenguaje para hablar de sus experiencias. El estar fuera de la historia lo sitúa como deber ser, mientras el estar en la historia lo hace emerger al principio que guía y orienta los acontecimientos humanos. El misticismo, entendido como deber ser utópico actuable , contiene en sí los principios generales del misticismo o las condiciones relevantes de su actuabilidad . Cuando se verifican estas últimas en presencia de las primeras el hombre puede actuar según lo previsto por el deber ser utópico, mientras que el deber ser utópico justifica su acción.

Ese deber ser utópico se expresa mediante símbolos que representan las verdades que están más allá de los significados de los hechos históricos. La interpretación del deber ser utópico corresponde a la comprensión de las verdades ocultas por los símbolos.

Cabe preguntar si la utopía de este Milenio, basada en el misticismo, puede configurarse como vuelta al mundo del mito. Hemos visto que el misticismo se manifiesta solo cuando la religión destruye en el hombre el sueño de la unidad con Dios y le muestra el inmenso abismo en el que Dios, trascendental e infinito, se contrapone a él, criatura finita. Entonces, y solo entonces, muestra al hombre el camino para reconstruir la unidad mítica destruida por la religión.

Sin embargo, volver al mundo del mito significa superar todo lo que ha nacido de él, es decir, las grandes religiones, monoteístas o no, y sus doctrinas teológicas. ¿Cómo es esto posible? ¿Acaso la teoría de la vuelta al mito tiene un fundamento de validez? Si lo tiene se deduce que en el futuro de la humanidad podrían verificarse acontecimientos que llevarían al fin de las grandes religiones. ¿De qué acontecimientos se trata? ¿Cómo se justifican?.

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25 Diciembre 2011

YO RÍO, TÚ LLORAS, EL...

Corea del Norte llora la muerte de su amado líder Kim Jong Il. Lo hemos visto esta semana en imágenes cedidas por la televisión coreana. Lloran las gentes sencillas en la calle ante una foto del difunto, de pie o de rodillas, a gritos, a veces dando puñetazos en el suelo, otras tapándose con las manos el rostro surcado por lágrimas. Lloran a moco tendido militares curtidos y altos funcionarios en la capilla ardiente. Lloran los camaradas del comité central del Partido de los Trabajadores, más modosos. El país entero llora desesperado tras perder a su segundo monarca comunista, víctima del "agotamiento físico y mental" derivado (según fuentes oficiales) de sus desvelos patrióticos. De hecho, los norcoreanos lloran con un desconsuelo tan extremo que uno tiende a sospechar que hay en él algo de sobreactuación, de impostura o, al menos, de inexplicable.

Diferencias culturales a parte, ¿cómo justificar que un país llore al dictador con tanto ímpetu? ¿No era este Kim Jong Il el mismo que ejercía de playboy, ordenaba aerotransportar langostas vivas a su tren particular y bebía coñac Hennessy con sed de beduino, mientras su amado pueblo reventaba de hambre? ¿No era este Kim Jong Il el que había metido en la cárcel o en campos de trabajo, por motivos políticos, a casi un 1% de la población? ¿Por qué esta población llora ahora cual infatigable plañidera al líder de pelo cardado y zapatos de alza?

La psicología propone varias respuestas a esta última pregunta. El dolor y la condolencia serían las inmediatas; pero no las únicas. También habría que mencionar el desamparo y la incertidumbre que genera la pérdida de una figura de corte paternal. O motivos culturales como el deseo de que el festival necrófilo tras la muerte de Kim Jong Il no tenga nada que envidiar al celebrado tras la de su padre, Kim Il Sung, en 1994; así es el culto a la personalidad, que no acaba ni con la vida del adorado. Pero también podría ser que llanto tan tenaz tuviera que ver con el aterrador futuro colectivo, más que con esta pérdida singular. Que los norcoreanos lloraran por su suerte, más que por la del amado fiambre. Motivos no les faltan. Un vacío de poder puede conducir a una crisis nuclear de efectos temibles. El fantasma de la hambruna, que en los 90 causó un millón de muertos, sobrevuela el país. China está esperando que Corea del Norte caiga como fruta madura en su cesto. Y ni los más optimistas esperan a corto o medio plazo avances en materia de libertad, prosperidad o felicidad...

Ante situaciones absurdamente desafortunadas, decimos que reímos para no llorar. La situación de Corea del Norte es, sin duda, para llorar. Y, por tanto, la exhibición de llanto por su líder me ha producido auténtica e irreprimible risa. Espero que en Pyongyang no lo tomen a mal. Ya lo advirtió Séneca: "Todo puede hacernos reír o llorar: son dos actitudes posibles ante el espectáculo humano".

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17 Diciembre 2011

EUROPA: CRISIS POLÍTICA

 

 

Decía con total desfachatez hace ya unos días Angela Merkel que Europa está sufriendo la peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. Parece que los perversos ciclos de la historia se repiten inexorablemente. Pero las crisis no se reproducen por generación espontánea sino porque, como manifestaba Rilke ante la devastación de la Gran Guerra, a los políticos, para su vanidad e interés nacional, nunca les bastaban los sacrificios de los demás. Ahora habría que sumar a esta ecuación la depredación de los mercados financieros, auténticos factores de crisis política estatal y global. Tras cada ciclo en el que, como señala Steiner, Europa ha demostrado históricamente una extraordinaria capacidad de autodestrucción, se encuentra un afán de dominación política, de imposición de ideas y de negación de intereses comunes. Quien siempre ha perdido ha sido el ciudadano europeo, víctima de errores, ensoñaciones megalómanas o de la mala fe de gobernantes para los que Europa no es más que un tablero en el que jugar sus propias cartas.

La actual crisis financiera y de deuda pública que ha repercutido directamente en la economía real ahogando a estados, empresas y particulares por falta de liquidez y de crédito, también ha supuesto un serio embate tanto contra el modelo de construcción europea como contra la capacidad de auto organización política de los estados miembros de la Unión. Se ha demostrado que la globalización de la economía basada en estrictos criterios ultra liberales prescinde de todos aquellos elementos que son contrarios a la lógica de los mercados, especialmente a la capacidad de ejercer un control real sobre el modelo de sociedad que libre y democráticamente decidan establecer los pueblos europeos. Se ha constatado, en definitiva, la fragilidad de la Unión Europea y de los estados que la componen y su absoluta interdependencia respecto al poder económico mundial.

Así, cuando los mercados deciden actuar especulativamente contra los países de la Unión más débiles o en dificultades con el fin de obtener altísimos beneficios a corto plazo, jugando con ellos como los gatos con el ratón antes de comérselo, no hemos visto una reacción de aquellos países que, por su capacidad económica, podrían haber resuelto tales ataques rápida y limpiamente. Llevamos meses contemplando el obsceno espectáculo de Alemania y Francia castigando a Grecia o Portugal, dejando que se desangren en este ajuste salvaje propiciado por Berlín y París, viendo países a los que los mercados han abandonado a su suerte porque tenían dudas sobre si iban o no a poder devolver una deuda asumida a tipos de interés imposibles. Y mientras tanto, los ricos y poderosos sonriendo y saludando. Y no solo eso, sino que esta situación favorece a aquellos a los que financiarse no les cuesta nada o incluso ganan dinero con la mala situación de terceros.

Es obvio que la Unión Europea, como organización supranacional de integración económica, ha fracasado con estrépito. La razón es doble: falta de voluntad política para atajar la sangría de los más pobres que han vivido por encima de sus posibilidades y a los que hay que devolver a su estatus de menesterosos y una arquitectura institucional europea que limita, si así se desea, la capacidad de actuación común para contrarrestar el juego especulativo de los mercados de capitales.

El Tratado de Lisboa no ha sido el instrumento que Europa necesita para afrontar esta crisis pues se limita a consagrar un juego de poder intergubernamental en el que la Comisión, como órgano de defensa del interés comunitario, no posee ninguna capacidad de decisión. Es triste ver a José Manuel Durao Barroso haciendo de conciencia de unos líderes despiadados. Tampoco el Parlamento Europeo hace otra cosa que reafirmar las medidas de rescate necesarias a cambio de un férreo control de los rescatados y de la promesa de sanciones a los que no cumplan los estándares pactados entre los países ricos. Pero es que, además, ni el propio Consejo europeo, representación del estricto poder intergubernamental, está actuando de manera transparente. Los pobres no poseen una capacidad real de participar en el proceso de toma de decisiones so pena de ser maltratados por quienes teóricamente deben propiciar soluciones aceptables por el conjunto. Y qué decir del Banco Central Europeo. Su capacidad de participación en la economía comunitaria es mínima en términos de regulador de las tensiones financieras. El Tratado de Lisboa no dio el paso de incorporar una regulación de fondo en la que el BCE actuara como corrector de movimientos especulativos de los mercados. Se mantiene el modelo que en su día propició Margaret Thatcher y que la Unión incorporó convirtiendo a los estados en piezas del juego financiero. No hay red en este circo.

La reforma anunciada del Tratado de Lisboa, lejos de garantizar una salida transparente y democráticamente aceptada de la crisis creando los instrumentos necesarios para alcanzar una gobernanza sostenible del conjunto de la Unión, se anuncia como una maniobra de protección de la eurozona, una reforma para el grupo de los 17 mandado por un órgano intergubernamental -el Eurogrupo- con reglas jurídicas y políticas distintas y separadas de las del resto de los miembros.

El objetivo del nuevo texto es, por una parte, el de crear un sistema institucional reforzado con la figura de un superministro de economía y finanzas y vicepresidente de la Comisión. Materialmente, por otra parte, el nuevo tratado va a permitir un control eficaz sobre los presupuestos nacionales y, por tanto sobre el gasto social de cada miembro que, en todo caso, deberá ser sostenible. Va a garantizar, en fin, la armonización de los sistemas fiscales estatales. En este nuevo escenario, el Parlamento Europeo es el gran ausente. No ha contado en la crisis y no lo hará en la Europa refundada. El eje franco-alemán no admitirá reservas de países que pretendan mantener su autonomía a la hora de fijar el umbral de gasto público. Los parlamentos nacionales, lógicamente, carecerán de margen para establecer políticas públicas fuera de los estrechos límites del déficit máximo admisible. Las sanciones por el pecado de decidir las políticas nacionales serán durísimas contramedidas.

La conclusión de todo lo apuntado es tan clara como alarmante: la Unión del futuro inmediato se va a construir sobre bases macroeconómicas impuestas por un núcleo de estados cuyo catecismo es la ortodoxia liberal y donde los mercados han suplantado a la democracia. El Parlamento Europeo no defenderá los intereses de los ciudadanos a los que debería representar y los parlamentos estatales no discutirán ni definirán modelos de construcción social.

En definitiva, va a dar igual quien posea mayoría, pues el poder parlamentario estará mediatizado por factores ajenos a la voluntad popular. Esto no es refundar Europa sino reformular, en mitad de la partida, las reglas de juego sobre las que los Estados continentales decidieron construir hace más de 50 años un futuro en común.

 

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16 Diciembre 2011

AMAIUR

El 22 de Noviembre escribí este post, hoy lo reitero con la convicción de que lo dicho está sobradamente actualizado.

Sé que mis palabras sentarán mal, incuso muy mal, a amplio sectores españoles. Pero creo que me he acercado a la realidad política vasca creada después del anuncio de ETA de no-violencia y del resultado que la izquierda aberzale alcanzó este 20N. Me he preocupado de leer casi todo, de todos los espectros socio-políticos de Euskadi, me he documentado y he sacado conclusiones que son las que ahora expongo en este artículo de opinión. Quien quiera ver algo más, lo seguirá viendo. Pero lo que sí tengo muy claro es que el próximo gobierno debe saber gestionar este tema, nuevo, de una Euskadi en paz y que las declaraciones de Rajoy al negarse a hablar con un grupo parlamentario vasco,Amaiur, por el hecho de su vinculación a los aberzales, es de una miopía política absoluta que nos perjudicará a tod@s antes o después.

Adoro el sentimiento de culpa, el bueno, opuesto al freudiano y sus patológicas angustias. Me refiero al que evalúa tus actos y exige a tu conciencia ética el reproche y rectificación de tus errores. Gran compañero para transitar por la vida honrosa y felizmente y que te lleva de la culpa a la disculpa. El progreso humano espera mucho de este sentimiento para la liquidación de la injusticia, ese mal corrosivo presente en las peores contiendas sociales. También en nuestra Euskadi que, al borde de la paz, tiene la obligación -y la necesidad- de enfrentarse a las secuelas de violencia y odio de décadas de conflicto. Pienso que no se trata tanto de que unos señalen las responsabilidades de otros como de facilitar a sus autores y copartícipes morales el reconocimiento del daño ocasionado, sin que por ello estén obligados a renunciar a propósitos aceptables en la sociedad democrática. No se le puede requerir a nadie que por causa de sus equivocaciones se inmole para siempre en la hoguera con toda su historia y bagaje.

Hay una presión excesiva y una ansiedad desmesurada que dificultan la promoción del sentimiento de culpa en el entorno social de ETA. En la propicia situación política actual determinados agentes mediáticos y partidistas están entorpeciendo el proceso de reconciliación, incluso lo boicotean para eternizar el enfrentamiento. Las invocaciones del PP a una próxima ilegalización de Bildu, más allá de su oportunismo electoral, forman parte de esa estrategia obstruccionista. ¿Es efectiva tanta presión sobre la izquierda abertzale para que acepte su deuda histórica? Creo que es excesiva y sirve de argumento para que aquellos que quieren viajar de puntillas al futuro sin zanjar el pasado contagien a todos su objetivo de impunidad. La presión sobre el mundo radical tiene sus límites en la eficacia y en sus intenciones.

Debe haber exigencia, claro que sí, para que se produzca la retractación del terror; pero esta interpelación debe tener base social y no provenir de los partidos. Hay que ser exigentes, pero más aún inteligentes para que la ansiedad por ganar un poco de tiempo no nos haga perder esta nueva oportunidad. Ciertas cosas necesitan paciencia y algunas, como la reconciliación, mucho más. Que un concejal del PP en Donostia se vea obligado a excusarse por brindar festivamente con su alcalde, de Bildu, indica hasta qué punto se retroalimentan los enemigos de la convivencia. Y que Martín Garitano, máxima autoridad de Gipuzkoa, declare que “habrá un día en que todos tengamos que reflexionar sobre el daño que cada cual ha podido padecer y cometer”, pero que “aún no estamos en ese tiempo”, refleja su cobardía moral; pero también los dilemas del mundo intransigente para ponerse al día en derechos humanos y empatía. De momento, selectivamente, ha calificado de “más que error” los atentados de ETA en Catalunya.

¿Qué impide a los intolerantes experimentar un sentimiento de culpa por la devastación del terrorismo? El vértigo, el miedo a que aceptar la amargura causada condicione su futuro y, habituados al patrocinio de la violencia y su poder de coacción, no se vean capaces de construir un proyecto político autónomo. Miedo a que la asimilación del sistema les deje inermes por carencia de cultura institucional. Abrirse a un pasado que contradice del todo la nueva apuesta democrática les produce un vértigo insuperable. En mi opinión, es mejor ayudarles a que se asomen a ese abismo poco a poco que apresurarles a que se encaren con sus fantasmas. Algún día tendrán que hacerlo, pero todavía no están ética y políticamente preparados.

Conviene practicar el realismo para no generar frustración: a la reconciliación le quedan años de rodaje y caminará paralela a la normalización democrática. Hay que entender que la ideología radical es obstinada y no se prestará a la exhibición de su fracaso. Para un sector social la lucha militar tuvo sentido y motivo en el contexto de una acción revolucionaria contra el fraude del postfranquismo. Hay mucha épica y abundante retórica sosteniendo este balance, según el cual así como antes la opción pertinente eran las armas, ahora -por evolución- toca el compromiso institucional. Una reemplaza a la otra en secuencia natural para eludir la sensación de derrota.

Este es su discurso justificativo: al igual que España pasó de la dictadura a la democracia mediante una transición dirigida por líderes franquistas cuyos crímenes quedaron impunes, la izquierda abertzale y ETA hacen su propia reconversión y viajan de la lucha armada a la acción política sin que deban rendir cuentas que a otros no se exigieron. Es un diagnóstico retorcido, pero en las contradicciones de la democracia española encuentra su amparo dialéctico. Añado por mi parte que su vacilación para renegar de su ayer y empatizar con sus víctimas es equivalente a la de ciertos estratos sociales -asimilados electoralmente al PP- para condenar el franquismo y reparar la dignidad de los represaliados. No creo que esa España esté moralmente autorizada para pedir descargos de conciencia ajenos. La sociedad vasca sí puede hacerlo.

“Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie”, advirtió Concepción Arenal. De esta dispersión de responsabilidades se vale la izquierda abertzale para eludir o aplazar sus deberes éticos. Paradójicamente, este análisis coincide con la culpabilidad genérica que algunos partidos, PP of course, vierten sobre Euskadi, acusándolos de complicidad, por omisión, en  los años de terror. Si esos grupos tildan a los ciudadanos de cobardes frente al terrorismo por “mirar hacia otro lado” y por no compadecerse de las víctimas, el mundo de ETA les atribuye haber tenido arte y parte en la vulneración de sus derechos, la tortura y la ilegalización. Ambas incriminaciones son perversas, una por adjudicarles sus crímenes y otra por endosarles su dejación institucional y disfrazar su incompetencia ante el problema político de fondo.

La historia es lenta, como el motor de la conciencia. La percepción de la izquierda abertzale es que el perdón y la memoria de las víctimas no son una urgencia ética ni estratégica, porque tienen la mirada refugiada en el futuro. También el victimismo partidista es un escollo, como lo es que Arnaldo Otegi esté en la cárcel y no liderando el cambio. Conviene que el PP no enrede y se ocupe de su propio relato: han transcurrido más de treinta años y los españoles aún no tienen una narración compartida de lo que fue y significó la dictadura. ¿Se puede pedir a Euskadi que escriba ya la crónica de una época de terror, mientras España, con miles de muertos en las cunetas y un ignominioso Valle de los Caídos donde yace el tirano al pie del altar mayor, titubean en la gestión del recuerdo de cuatro décadas de horror? Es incongruente.

Tal vez la tradición hipócrita del PP se conforme con que la izquierda abertzale muestre un dolor fingido y que acuda protocolariamente a los homenajes de las víctimas de ETA, por imperativo formal, como cuando se jura de mentira la Constitución o la bandera ¿Gestos? No, hoy demandamos autenticidad, certezas y transformaciones veraces. Queremos tener la seguridad de la paz y alcanzar el punto sin retorno. Esperaremos el tiempo que haga falta a que la derrota moral e ideológica de la violencia se haga pública por sus autores y cómplices con una sincera admisión de la tragedia. Si hoy ya es demasiado tarde, mañana todavía es pronto.

 

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26 Noviembre 2011

NUNCA TODO ESTÁ HECHO Y SIEMPRE HAY QUE HACER

UN solo día después de celebradas las elecciones generales del pasado domingo, el Banco de España anunciaba una nueva intervención. Esta vez le tocaba al Banco de Valencia ante la negativa de Bankia, su principal accionista, de cubrir el déficit de capital de aquella entidad. Se conocía también que en España existen 1,5 millones de viviendas que se consideran invendibles y que las entidades financieras están expuestas a un riesgo por créditos que pueden acabar sin recuperar por valor de 30.000 millones de euros. Ese mismo lunes, los mercados recibieron a Rajoy con más tensiones en la prima de riesgo para colocar deuda soberana llegando a los 510 puntos básicos, lo que en otros países provocó la intervención de las autoridades monetarias europeas e internacionales. A la Bolsa no le fue mejor.

La Fundación de Cajas de Ahorro hacía público un informe en el que vaticina que la economía entrará en recesión en los primeros meses del 2012, detrayéndose un 0,5%. Las previsiones de paro para el próximo año pueden llegar al 23% y el Fondo Monetario Internacional y la Comisión Europea discrepan sobre el crecimiento de la economía española, 1,3% y 0,7% respectivamente, estando en una fase en la que todos los indicadores se revisan continuamente.

El martes, la agencia Standard&Poors anunció que mantenía su calificación de la deuda soberana y las perspectivas negativas para España pese a la contundente victoria del Partido Popular (PP) en las elecciones del domingo. En realidad, no había otro dato objetivo más que éste, pues se desconoce el programa que el futuro Gobierno Rajoy va a aplicar para fomentar la actividad económica y el empleo y solucionar los gravísimos desequilibrios de las finanzas públicas. En Euskadi, las cosas andaban un poco mejor, pero la situación sigue siendo preocupante. La empresa Panda vio aprobado un ERE con 120 trabajadores afectados que perderán el empleo. Y Volkswagen Navarra anunciaba que 700 eventuales se quedan sin trabajo por caída de pedidos, algo que parece que se había pactado no hacer público antes de la jornada electoral.

Sirvan estos pocos datos (todos ellos conocidos entre el lunes y el martes) para tener una idea de que las elecciones han demostrado que los cambios en el mapa político no deben de hacer olvidar que los problemas no han desaparecido porque España sea completamente azul.

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22 Noviembre 2011

AMAIUR Y LA MALA POLÍTICA DE RAJOY

Sé que mis palabras sentarán mal, incuso muy mal, a amplio sectores españoles. Pero creo que me he acercado a la realidad política vasca creada después del anuncio de ETA de no-violencia y del resultado que la izquierda aberzale alcanzó este 20N. Me he preocupado de leer casi todo, de todos los espectros socio-políticos de Euskadi, me he documentado y he sacado conclusiones que son las que ahora expongo en este artículo de opinión. Quien quiera ver algo más, lo seguirá viendo. Pero lo que sí tengo muy claro es que el próximo gobierno debe saber gestionar este tema, nuevo, de una Euskadi en paz y que las declaraciones de Rajoy al negarse a hablar con un grupo parlamentario vasco,Amaiur, por el hecho de su vinculación a los aberzales, es de una miopía política absoluta que nos perjudicará a tod@s antes o después.

Adoro el sentimiento de culpa, el bueno, opuesto al freudiano y sus patológicas angustias. Me refiero al que evalúa tus actos y exige a tu conciencia ética el reproche y rectificación de tus errores. Gran compañero para transitar por la vida honrosa y felizmente y que te lleva de la culpa a la disculpa. El progreso humano espera mucho de este sentimiento para la liquidación de la injusticia, ese mal corrosivo presente en las peores contiendas sociales. También en nuestra Euskadi que, al borde de la paz, tiene la obligación -y la necesidad- de enfrentarse a las secuelas de violencia y odio de décadas de conflicto. Pienso que no se trata tanto de que unos señalen las responsabilidades de otros como de facilitar a sus autores y copartícipes morales el reconocimiento del daño ocasionado, sin que por ello estén obligados a renunciar a propósitos aceptables en la sociedad democrática. No se le puede requerir a nadie que por causa de sus equivocaciones se inmole para siempre en la hoguera con toda su historia y bagaje.

Hay una presión excesiva y una ansiedad desmesurada que dificultan la promoción del sentimiento de culpa en el entorno social de ETA. En la propicia situación política actual determinados agentes mediáticos y partidistas están entorpeciendo el proceso de reconciliación, incluso lo boicotean para eternizar el enfrentamiento. Las invocaciones del PP a una próxima ilegalización de Bildu, más allá de su oportunismo electoral, forman parte de esa estrategia obstruccionista. ¿Es efectiva tanta presión sobre la izquierda abertzale para que acepte su deuda histórica? Creo que es excesiva y sirve de argumento para que aquellos que quieren viajar de puntillas al futuro sin zanjar el pasado contagien a todos su objetivo de impunidad. La presión sobre el mundo radical tiene sus límites en la eficacia y en sus intenciones.

Debe haber exigencia, claro que sí, para que se produzca la retractación del terror; pero esta interpelación debe tener base social y no provenir de los partidos. Hay que ser exigentes, pero más aún inteligentes para que la ansiedad por ganar un poco de tiempo no nos haga perder esta nueva oportunidad. Ciertas cosas necesitan paciencia y algunas, como la reconciliación, mucho más. Que un concejal del PP en Donostia se vea obligado a excusarse por brindar festivamente con su alcalde, de Bildu, indica hasta qué punto se retroalimentan los enemigos de la convivencia. Y que Martín Garitano, máxima autoridad de Gipuzkoa, declare que “habrá un día en que todos tengamos que reflexionar sobre el daño que cada cual ha podido padecer y cometer”, pero que “aún no estamos en ese tiempo”, refleja su cobardía moral; pero también los dilemas del mundo intransigente para ponerse al día en derechos humanos y empatía. De momento, selectivamente, ha calificado de “más que error” los atentados de ETA en Catalunya.

¿Qué impide a los intolerantes experimentar un sentimiento de culpa por la devastación del terrorismo? El vértigo, el miedo a que aceptar la amargura causada condicione su futuro y, habituados al patrocinio de la violencia y su poder de coacción, no se vean capaces de construir un proyecto político autónomo. Miedo a que la asimilación del sistema les deje inermes por carencia de cultura institucional. Abrirse a un pasado que contradice del todo la nueva apuesta democrática les produce un vértigo insuperable. En mi opinión, es mejor ayudarles a que se asomen a ese abismo poco a poco que apresurarles a que se encaren con sus fantasmas. Algún día tendrán que hacerlo, pero todavía no están ética y políticamente preparados.

Conviene practicar el realismo para no generar frustración: a la reconciliación le quedan años de rodaje y caminará paralela a la normalización democrática. Hay que entender que la ideología radical es obstinada y no se prestará a la exhibición de su fracaso. Para un sector social la lucha militar tuvo sentido y motivo en el contexto de una acción revolucionaria contra el fraude del postfranquismo. Hay mucha épica y abundante retórica sosteniendo este balance, según el cual así como antes la opción pertinente eran las armas, ahora -por evolución- toca el compromiso institucional. Una reemplaza a la otra en secuencia natural para eludir la sensación de derrota.

Este es su discurso justificativo: al igual que España pasó de la dictadura a la democracia mediante una transición dirigida por líderes franquistas cuyos crímenes quedaron impunes, la izquierda abertzale y ETA hacen su propia reconversión y viajan de la lucha armada a la acción política sin que deban rendir cuentas que a otros no se exigieron. Es un diagnóstico retorcido, pero en las contradicciones de la democracia española encuentra su amparo dialéctico. Añado por mi parte que su vacilación para renegar de su ayer y empatizar con sus víctimas es equivalente a la de ciertos estratos sociales -asimilados electoralmente al PP- para condenar el franquismo y reparar la dignidad de los represaliados. No creo que esa España esté moralmente autorizada para pedir descargos de conciencia ajenos. La sociedad vasca sí puede hacerlo.

“Cuando la culpa es de todos, la culpa no es de nadie”, advirtió Concepción Arenal. De esta dispersión de responsabilidades se vale la izquierda abertzale para eludir o aplazar sus deberes éticos. Paradójicamente, este análisis coincide con la culpabilidad genérica que algunos partidos, PP of course, vierten sobre Euskadi, acusándolos de complicidad, por omisión, en  los años de terror. Si esos grupos tildan a los ciudadanos de cobardes frente al terrorismo por “mirar hacia otro lado” y por no compadecerse de las víctimas, el mundo de ETA les atribuye haber tenido arte y parte en la vulneración de sus derechos, la tortura y la ilegalización. Ambas incriminaciones son perversas, una por adjudicarles sus crímenes y otra por endosarles su dejación institucional y disfrazar su incompetencia ante el problema político de fondo.

La historia es lenta, como el motor de la conciencia. La percepción de la izquierda abertzale es que el perdón y la memoria de las víctimas no son una urgencia ética ni estratégica, porque tienen la mirada refugiada en el futuro. También el victimismo partidista es un escollo, como lo es que Arnaldo Otegi esté en la cárcel y no liderando el cambio. Conviene que el PP no enrede y se ocupe de su propio relato: han transcurrido más de treinta años y los españoles aún no tienen una narración compartida de lo que fue y significó la dictadura. ¿Se puede pedir a Euskadi que escriba ya la crónica de una época de terror, mientras España, con miles de muertos en las cunetas y un ignominioso Valle de los Caídos donde yace el tirano al pie del altar mayor, titubean en la gestión del recuerdo de cuatro décadas de horror? Es incongruente.

Tal vez la tradición hipócrita del PP se conforme con que la izquierda abertzale muestre un dolor fingido y que acuda protocolariamente a los homenajes de las víctimas de ETA, por imperativo formal, como cuando se jura de mentira la Constitución o la bandera ¿Gestos? No, hoy demandamos autenticidad, certezas y transformaciones veraces. Queremos tener la seguridad de la paz y alcanzar el punto sin retorno. Esperaremos el tiempo que haga falta a que la derrota moral e ideológica de la violencia se haga pública por sus autores y cómplices con una sincera admisión de la tragedia. Si hoy ya es demasiado tarde, mañana todavía es pronto.

 

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9 Noviembre 2011

CRISIS ITALIANA: ¿NOS SUENA, NO?

¿Qué porcentaje del castigo de los mercados a la deuda italiana es claramente atribuible a Berlusconi? Estos últimos días muy alto, sin duda; ha habido una fuerte presión para que se marche. Pero no sería demasiado recomendable depositar muchas esperanzas en que la deseable extinción política de il Cavaliere devuelva la calma a los atribulados bonos del país.

En esta crisis hemos vivido demasiados episodios en los que parecía obvio que apartar obstáculos a la cuneta haría desaparecer el problema.

Veamos el asunto italiano desde los dos ángulos. El local y el europeo. Es evidente que Berlusconi no estaba dispuesto a embarcarse en políticas de reformas y austeridad que iban a provocarle dolores de cabeza sin aportarle ningún voto. En este aspecto, su marcha será valorada por los inversores, los compradores de la deuda. Pero esta es solo un parte del problema, y aún no se sabe si la más grande.

La crisis italiana ha llegado en gran medida por contagio de la griega. Más específicamente: por la incapacidad de la eurozona de resolver un problema que representa el 2,5% de su economía. El plan aplicado hasta ahora no ha resuelto ni ese primer caso ni los que han venido después. La prueba es que la eurozona se pasa la vida elevando la cifra de dinero que cree necesitar para hacer frente a las dudas de los mercados y nunca tiene bastante.

Italia es el argumento definitivo. Con una deuda pública total de 1,9 billones de euros no hay fondo de rescate capaz de cubrirla. Es decir, cae de lleno en esa categoría de lo demasiado grande para caer y demasiado grande para ser rescatado, que pronto estará tan de moda en las tertulias como la prima de riesgo.

Sin recursos europeos en el fondo de rescate para garantizar esa deuda y sin que el BCE se sienta obligado a suplir esa deficiencia, los inversores podrán pedir más interés para cubrirse del riesgo de comprar esos bonos que no tienen nadie que los respalde. Algo que los italianos pronto compararán con lo que sí pasaba cuando usaban liras.

Las subidas de la prima de estos días, de mantenerse, le costarán a los italianos más de 10.000 millones de euros al año. Si a eso se le suman los efectos de las medidas de austeridad que el nuevo Gobierno deberá imponer, lo que sigue es una recesión de caballo en la tercera economía de la eurozona. Más temor de impago. ¿Les suena?

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7 Noviembre 2011

RAJOY FOR PRESIDENT: DEL CASINO DE PONTEVEDRA


Las masas se tragarán a este líder inocuo como el enfermo se traga un placebo.

No les suene a tópico malintencionado, pero imagino al registrador Mariano Rajoy en el casino de Pontevedra, rodeado de señores satisfechos y algo soñolientos. Entre copas de brandy y humeantes tazas, hablan de las tremendas oscilaciones de la bolsa y lo difícil que es hoy en día cobrar los arrendamientos. Don Mariano, reflexiona con su característica lengua sibilante: "Las cosas van mal, tendríamos que hacer algo". "Tendríamos que hacer algo", asienten los contertulios. "Creo que tengo alguna idea", insiste Don Mariano. El auditorio despierta: "¡Diga, diga...!". A lo que Don Mariano responde: "No hay prisa, que con el otoño el día se acorta y antes de que anochezca tenemos que acabar la partidita... Mañana, si todavía les apetece, les cuento lo que tengo en mente". Por la ventana que da al jardín, la lluvia cae suavemente sobre los viejos castaños, de los que caen oxidadas hojas.

Mi tópico , que identifica a Rajoy como amante de la vida apacible y alérgico a la acción, contrasta con el baldeo que le ha dado al PP. No queda apenas recuerdo de Acebes y Zaplana. La flema, término acuñado para los ingleses, es característica de un carácter resistente y persistente. Rajoy ha soportado dos derrotas y diversos ataques internos. Ha limpiado el PP de belicosos y fundamentalistas. El partido que Aznar puso bajo la advocación de Marte, forjándolo al fuego de la estrategia amigo-enemigo, es ahora una marca publicitaria mórbida como un chicle, que se disponen a masticar electores de toda ideología y condición. Un partido sin sal ni pimienta, apto para todos los gustos. Las masas se tragarán a este líder inocuo que es Rajoy como el enfermo se traga un placebo. Para este momento tan depresivo todavía no se ha inventado medicación alguna. Y en su elección, de producirse, como Presidente del Gobierno le va más a su medida la de presidente del casino de Pontevedra.

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DESDE MI ÁNGULO

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Economista. Politólogo. Escritor. Buena persona, un poco jacobino. Masón. Republicano y Socialista desde toda mi vida hasta que muera. Laico. Agnóstico y básicamente un observador crítico de la realidad, esa es mi vida y mi visión que transmitiré desde este blog

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